Era
medianoche. El reloj acababa de dar las campanadas y a mí, me había despertado
de mi aletargado sueño. Había tenido un día de lo más estresante y, por lo
visto no lograría mi propósito de descansar tan fácilmente. Lo único que recuerdo
antes de que me durmiese, eran los avisos de peligro a tormentas eléctricas (de
las que hasta ahora no se percibía nada). Así que, cerré el libro que no tuve ni tiempo
de empezar. A continuación, me levanté
de la butaca y me fui del estudio camino al salón, el cual estaba completamente
a oscuras. Al abrir la puerta, inmediatamente un aire frío me cortó la
respiración y, a una altura inferior a las rodillas, vi unos ojos de lo más
aterradores… ¡centelleaban como los faros de un coche! Enseguida, encendí la
luz más cercana, el resultado, el acechador resultó ser mi gato, Ébano. Quien
se fue sigilosamente del salón sin quitarme la mirada de encima, acompañado de
esos aires de grandeza que se daba al pasar, como diciéndome ‘no eres la única que no coge el sueño’.
Libre de
espanto, fui a mi cuarto. Abrí la ventana y a lo lejos, vi a varias personas
rezagadas celebrando alegres el carnaval que se iban alejando con sus máscaras.
Me encontraba aburrida y cansada. Miré al cielo, estaba tan oscuro como el
fondo marino ¡parecía como si el mar se hubiera intercambiado por el cielo
nocturno! Eso sí, en este mar comenzaban a aparecer los primeros y más
terribles rayos y relámpagos, “será una noche larga”-me dije.
Pero
claro, no tiene sentido perder el tiempo en tonterías como asustarse y quedarse
encerrado en nuestra acogedora morada. –Bien, buenas noches- me dije. Pasados unos
minutos, me sentía intranquila por unos extraños motivos que no sabría
explicar. No había más remedio tranquilizarse y averiguar la causa. Bajé las
escaleras con mucha decisión para ignorar el constante miedo que me acechaba
por todos lados. Volví a subirlas muy satisfecha por no mostrar inseguridad
alguna al miedo. El miedo no es más que nuestra imaginación, por lo que lo
puedo controlar. La casa entera estaba a oscuras, no había nadie más que yo y,
cómo no, Ébano. -¡Ébano! – grité. ¿Dónde se habría metido ése? Lo que estaba
claro es que no había desaparecido, pues oía sus maullidos del sótano. -¡Ja,
pues no pienso ir a buscarte!-. Misterio resuelto, voy a dormir.
Pasaron
unos veinte minutos y a ratos se oían sus lastimeros maullidos y sus uñas
arañando puertas. ‘Pobrecito, me siento mal y sola, iré a por él’- pensé. Me
levanté lentamente, no me sostenía en pie, y Ébano no se callaba. Pero no bastó
con bajar un piso, sino que el muy cansino se había ido al sótano, que estaba
muy oscuro (porque allí nunca se pudieron instalar luces debido al grosor del
techo) y además había tormenta de las que dan taquicardia a torrentes. Aún así, ¿cómo es
que el sótano, estando tan abajo se oía esos arañazos tan… escalofriantes?
¿Eres tú, Ébano? Sonaban como las de un niño pequeño o un perro grande.
Tras una
corta reflexión entre estar sola con miedo y pasar miedo para no estar sola, me
decidí. ¡Ébano, voy a salvarte! Y en apenas dos segundos, bajé de un tirón las
escaleras (casi de lado), corrí hacia una de las puertas, la abrí, y… ¡¡Ah!!
¡No había nadie!
Me fui
corriendo a mi habitación, (olvidando a Ébano). Cerré la puerta, le di a la
luz… ¡Oh no, la luz no funcionaba! Me senté o me caí (no lo recuerdo) al suelo,
y me quedé así por lo menos media hora.
Por fin,
abrí los ojos. La luz había vuelto, pero no duraría mucho. Hasta que, de
repente, oí unos arañazos en la puerta. Por supuesto no pensaba abrir, pero sonaban diferentes a los otros… Puede
que el orgulloso de Ébano se hubiese dignado a salir de su escondite. Me
levanté, y como una persona madura, abrí un poco la puerta ¡y lo que esperaba
se había cumplido!
-¡Ébano,
querido!- le dije. Lo cogí en brazos y cerré. Con una felina compañía, pude pensar más
detenidamente como si nunca hubiese pasado nada. -Veamos, solo hay que ir al
salón y coger las cerillas que hay sobre la mesa (no sé porqué están ahí, la
verdad) y así no pasaremos miedo en caso de que la luz se vuelva a ir – le dije. Ébano parecía mostrarse de acuerdo.
Abrí la puerta y bajamos al salón, fue fácil. Corrí a la mesa, pero no estaban.
¡Ah, claro estarán en el estudio entonces! Salimos al pasillo.
Estaba con bastante luz, comencé a dar los
primeros pasos hasta que, no sé qué miedo le entró a Ébano, que casi se quedó
blanco. Pero no, fue peor que eso, se quedó estático, en pausa, con el pelo
erizado como cuando se asusta de un perro y se fue corriendo. ‘Será cobarde…’-pensé.
Entonces, fue avanzar un paso, y se apagaron las luces en un suspiro, la luz se
fue del pasillo, el calor de las luces y la poca alegría que conservaba se
transformó en miedo. Nunca había pasado tanto miedo. A pesar de eso, no me
detuve, mirada al frente y paso firme. Era como estar en el túnel de la Muerte,
notaba la oscuridad, el aire era frío como el de una corriente. Los truenos
resonaban fuertes y consistentes como si dictaran una pena. Yo avanzaba, veía
la luz del estudio al final como si alguien me esperase. Llegué a oír susurros,
pero no entendía lo que decían ni les escuchaba. Era como flotar al andar,
descubrir un nuevo mundo. La composición de terror que había era muy extraña,
veía las máscaras del carnaval pasar a mi lado igual que personas normales y
corrientes. Ya había llegado al final, abrí la puerta despacio. Tenía tanto
miedo que no controlaba ni mi mente. Y, como si me lo esperase, vi a un señor rechoncho y mayor
sentado en el estudio fumando una pipa y en la mesa se encontraba la caja de
cerillas abierta. Al instante, un perro enorme pasó a mi lado apenas rozándome,
y se sentó cerca de su respectivo dueño. Me quedé con los ojos en blanco, no
reaccionaba. Ambos me miraron, el señor dijo.- Perdone las molestias-. Posó su
mano sobre la cabeza del perro y ambos desaparecieron lentamente hasta desvanecerse sin dejar vestigio alguno, igual que la
tormenta se fue alejando y la luz volvió al pasillo y al resto de la casa.
Nadie
supo jamás de esto. Ni se abrió una investigación puesto que no merecía la
pena, no tenía explicación, o puede que sí, pero no la podemos decir porque
nadie nos creería. Ya que, de lo asustada que me quedé parecía como si yo
también me hubiera desvanecido con ellos.
Al cabo
de unas semanas vendí la casa. Ébano y yo comenzaríamos una vida tranquila y alejada.
Un año más tarde me llamaron los nuevos dueños
de mi antigua casa. Tiene gracia, me preguntaron sobre un perro que ladraba por
las noches igual que si estuviese dentro de la casa y que sus paquetes de
cerillas desaparecían constantemente, yo les dije.- ¡Aguanten las molestias !-.


