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29 de noviembre de 2014

Historias de Cuadros

Esta historia comenzó hace tres días. Cuando, una pequeña niña llamada Sally, estaba merodeando por los pasillos del Internado Breakfall a una hora indebida. (Como de costumbre)
Sally se pasaba el día entero mirando los maravillosos cuadros que adornaban los pasillos, en especial el único que había en su habitación. Para ella, era como la obra más grande, “la inalcanzable” (como decía a veces).
Sally era una niña solitaria, no tenía amigos porque no los necesitaba. Ella sola se bastaba de su inagotable imaginación a través de la cual, generaba cada día distintas historias sobre cada cuadro que veía en los pasillos y en el vestíbulo. En cada cuadro puede llegar a haber más de mil historias posibles por lo menos, todo depende de hasta dónde puede escapar la imaginación de cada persona.
Hasta que un día, Sally dio demasiada rienda suelta  a su imaginación hasta tal punto de, que sacaba a los personajes del cuadro y jugaba a instalarlos en otro distinto. Recuerdo que una vez la pillamos sacando a una princesa de su retrato y, entre risas, la colocó en una escena bélica. Pobre princesa, ¿sobreviviría? Eso solo lo sabe Sally.
Otro día, a la pequeña se le ocurrió la descarada idea de poner a una granjera que estaba sosteniendo dos gallos en la mitad de una de las estancias de un lujoso palacio medieval, en el que aparecían dos siervos, un bufón y el rey. Sally se sonrió para sí misma y decidió hacer algo con ése cuadro de su habitación por el que sentía gran admiración.
Al anochecer, cerró cuidadosamente su puerta y se dirigió a contemplar el cuadro: Era un retrato del (S.XIX) de un joven muy apuesto, que aparecía sentado en su escritorio meditando sobre algo. Había muchos papeles en el suelo, en la mesa… Pero todos arrugados como si no supiese qué  escribir. No había demasiada variedad de colores, exceptuando la  ropa del joven y su rostro. El  resto del cuadro resultaba triste y apagado…
Sally pensó entonces que quizás lo podría trasladar a unos cuadros de hermosos paisajes que había en el vestíbulo. –“¡Sí, ahí encontrará la inspiración que le falta!”- pensó Sally.
Así que, cerró fuertemente los ojos y puso su mano en el retrato para tirarle de la mano y llevarlo a dónde encontraría muchas posibles ideas.
-¡¡¡NO!!!-.
¡¿Quién demonios ha dicho eso?!  Sally cayó desplomada al duro suelo. No entendía nada.
-¡¿TE  CREES QUE PUEDES TRATARNOS COMO A MARIONETAS MOVIÉNDONOS DE UN LADO A OTRO?! ¡Deja de marearnos!
Esto es completamente surrealista. “¿Qué se habrá pensado?” – se dijo Sally.
Al cabo de un rato….
-Discúlpeme si se ha sentido ofendido, lo siento- dijo Sally.
El joven, que hasta entonces le había dado la espalda, se volvió y dijo.- ¿Qué es lo que quieres, por qué haces esto? No entiendes que cada uno debe estar en su lugar…-
-Perdón, yo solo quería que pudiese acabar lo que escribía. Le quería ayudar… - respondió Sally agachando la cabeza, no le quería seguir aburriendo más.
-¡Eh! Oye, yo… quería darte la enhorabuena por haber acertado con el significado de mi cuadro, y por si no lo sabías: ¡soy un autorretrato! Todos los niños que han estado antes aquí, pensaban que era un joven frustrado que no sabe escribir una carta a su amada. Pero lo que yo quiero es, hacer un buen relato.
Sally estaba atónita. ¡Estaba hablando con el propio pintor que se había introducido en su propia historia!
Debían de ser cerca de las doce de la noche, pero a pesar del sueño, Sally se propuso ayudar al joven a acabar su pequeña historia. Estuvieron trabajando mucho: Sally sentada frente al cuadro no paraba de darle ideas  mientras que, el joven no paraba de hacer tachones, correcciones y muchísimos borrones ya que no se acostumbraba a escribir con pluma.
Llegó el amanecer. Sally estaba profundamente dormida, solo se oían los pasos de profesores.
¡Profesores! Sally se levantó en seguida, intentó adecentarse un poco el pelo, pero era demasiado tarde, los profesores habían entrado y eran más de las diez. Cuando Sally se dispuso a disculparse, todo se paró.
Todas las miradas estaban fijas en el retrato de la habitación. Algo estaba claro: Sally no pudo haber sido porque no es que lo suyo fuese trazar como un artista pero, sí. Algo había pasado en el cuadro.
Los profesores lo miraron desconcertados, ella se limitó a sonreír tímidamente.
En el retrato había muchísima luz, ya no había sombras. El joven estaba de espaldas contemplando un prometedor amanecer y, en el escritorio, había un fino bloque de papeles escritos con los márgenes apurados. Se podía leer el nombre de Sally en varias líneas, había cantidad de diálogos… Sally se sintió enormemente orgullosa del joven.

Éste cuadro ha acabado su verdadera historia, ahora, ¡vayamos a buscar otras historias!

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