“¡Qué
desesperación… no hay derecho! Que va a ser de mí, ahora que ya es demasiado
tarde… ¡No puedo cambiar el principio de la historia y empezar de cero!” –
gritaba Daniel para su interior.
Estaba:
destrozado, acabado, hundido, deprimido, agotado, frustrado, agobiado, yo misma me he quedado sin adjetivos… Su actual
situación no tenía nombre. Es INDIGNANTE.
.- ¡SÍ
LO ES, ES INDIGNANTE!- gritó el pobre pero, esta vez fue para el exterior su
alarido… Todos sus colegas se habían quedado mudos. Se hizo un silencio pesado,
todas las miradas de la empresa apuntaban a él. Al instante, apareció su
superior acompañado de una secretaria, la cual llevaba una montaña de papeles
en ambas manos.
.- ¡GREENMOR!
¡Pase a mi despacho ahora mismo! ¡Ya!-. Le gritó, mientras la montaña que
cargaba la secretaría, salía volando por los aires como en una explosión.
Daniel
bajó la cabeza y pasó al enorme despacho de su jefe. No le dio tiempo a decir
nada, su jefe había tenido demasiada paciencia con él y sus extrañas quejas.
Por lo tanto, fue condenado al despido.
Pasaron
tres días, y Daniel no levantaba cabeza. Desde la ventana, todos los vecinos le
veíamos pasar horas frente a un escritorio sobre el que había un bloc de hojas
a estrenar y al lado un buen montón de papeles sobre los que había una carta
que releía y releía todos los días nada más levantarse. Parecía preocupado
cuando la leía, incluso aterrado.
Un día
fui a visitarle, con la intención de ayudarle. Mientras yo caminaba, le vi
salir de su portal.
.-Daniel
espera, tengo que hablar contigo…-.le dije.
.-No me
ocurre nada, María. Estoy perfectamente-. Y se dio la vuelta.
.-Los
vecinos estamos muy preocupados… Si es por lo del despido no te preocupes. Te
podemos ayudar-.dije con una gran sonrisa. Me daba mucha lástima verle tan
deprimido.
.-Gracias…
pero son problemas que solemos tener los escritores. Buenas tardes.- y se fue.
Conque
un escritor… ¡bien callado se lo tenía!
Volviendo
a Daniel, que seguía caminando sin rumbo alguno, llevaba la carta aún en la
mano. Cuando volvió a casa, se sentó y la leyó, esta vez más pensativo. Nadie
le creería como la enseñase…
La
carta, era ni más ni menos que de uno de sus personajes de su incompleta novela: La Princesa Y su Tristeza.
Estaba
escrita con tinta rosa sobre papel perfumado pero, las apariencias
engañan… Era una carta de amenaza. Decía
así:
Querido autor,
Sé perfectamente lo que os
proponéis hacer con mi historia: Poner el típico final de la “pobre princesa”
que es rescatada del dragón por un
apuesto príncipe con quien se casa. Bien, pues no me apetece cumplir tal final.
¿Por qué no podéis ser vos quien me salve?
Decididlo lo antes posible o el
dragón terminará por quemar mi torre ya que, de lo LENTORRO que sois
escribiendo, el dragón se aburre bastante.
La princesa.
.- ¿Qué está
pasando? Estoy loco…no puede ser.- Daniel se tiraba del pelo ¡Desde cuando un
personaje le dice a su autor lo que tiene que hacer!
No hay
más remedio Daniel. Es tu única salida.
Así que,
Daniel cedió a los deseos de la egoísta princesa y, se puso a acabar lo que
había empezado.
Una
historia realmente rara...“el autor es quien rescata a la princesa”. Tras mucho
pensar, Daniel se las apañó para incorporarse repentinamente a la historia y
salvar a la princesa.
.-
¡Fin!-. Dijo muy satisfecho. Se sentía libre, el libro no sería un éxito pero,
lo que importa es que dejará de recibir amenazas en cartas selladas con un
lacito rosa y cursi.
*
* *
A la
mañana siguiente llegó el correo. Era una mañana tranquila. Una mañana normal y corriente… Una mañana para- ¡¡¡¡Nooooo!!!!
Una
carta de nuestra querida princesa había aparecido bajo la almohada de Daniel….
La abrió
para leerla: y se cayó redondo al suelo.
Cuando
despertó, vio que no estaba solo. Una fragancia de rosas inundaba el aire.
Daniel pensó por un momento que el oxígeno en la tierra se acabaría con tan
asfixiante perfume. Se levantó del suelo y vio a… la princesa.
Cuando Daniel la miró, vio que la princesa
corría hacia él a toda prisa desde el balcón de su habitación. Antes de que
éste pudiera esconderse, la princesa ya le había cogido la mano. Daniel estaba
atónito, pensó que lo iba a matar pero, la princesa le sonrió mostrando una
perlada sonrisa. Su mano parecía de porcelana y al momento le devolvió la carta
que lo había sobresaltado tanto… Y el motivo era que la princesita caprichosa
pensaba casarse con él, al fin y al cabo, la había salvado.
.-Em…
ya, claro.- dijo Daniel. ¿Qué se habría creído esta señorita?- Mira, oye… yo no
puedo casarme contigo ¡No eres más que un personaje de mi imaginación!- le
espetó.
La
princesa enseguida rompió a llorar… pensaba que Daniel no era para nada un
cortés caballero, sino un canalla miserable.
El joven
trató de hacerla entrar en razón, además debía de regresar a su historia. Aun
así, era demasiado tarde y la princesa lloraba completamente desconsolada.
.-Ya que
soy una ilusión. No importará que haga esto… - dijo a Daniel. Y se asomó al
balcón con la intención de dejarse caer al vacío.
¡Daniel,
sea una ilusión o no, debes salvarla ya que no podrías vivir (no solo por el
hecho de no salvarla sino por el hecho de morir asfixiado por el insoportable
perfume que parecía contener mil kilómetros de la plantación de rosales más
grande del mundo)!
La
princesa ha ganado este capítulo.
Y cuando
Daniel fue a salvar por segunda vez a la princesa, ésta ya se había soltado y
el desdichado joven fue tras su personaje…
Los vecinos y yo, presenciamos lo que parecía un suicidio
inesperado. Pobre Daniel, enloqueció.
Pasado
un tiempo, su libro salió a la venta. Me apresuré a comprarlo por si tenía algo
que ver con la reciente tragedia. Pero no resultó ser así en apariencia. Eso
sí, fue la historia más extraña que jamás había leído: “el autor es el salvador
de una caprichosa princesa”.
Recuerdo
que lo que más me asombró, fue el final. Por lo visto Daniel se casaba con la
princesa… y digo Daniel, porque el personaje ilustrado era su viva imagen.
Echo de
menos a Daniel sin embargo, me consta que en vez de caer al vacío, cayó en su
propia novela. La cual, tuvo un éxito mundial. ¡Enhorabuena Daniel!

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