Un joven rubio de vista cristalizada apareció en la sala.
Parecía un cadáver con alma y su sombra no notaba el movimiento que éste hacía.
Más tarde, el petrificado se levantó e igual que una
estrella antes de morir, dio su última explosión: se le iluminó la cara y el
pelo se le doró más sus bellos ojos relucieron pero, en menos de un segundo sus grandes ojos
se encogieron y se le tensaron todas las venas de la cara y el cuerpo.
Sus laucos balcones adquirieron la mirada de un muerto.
También le aparecieron unas grandes y horribles ojeras negras aviolatadas que
acababan en una oscuridad más intensa que el fondo marino. Y, poco a poco, se
desintegró.
Como resto mortal dejó en el suelo una bella calavera de
cristal. La cual, se hundió en sus propias lágrimas de la tristeza que suponía
ver tal final y formó un lago. Al cual, siglos más tarde volaron cisnes
plateados…
Pero todo el cristal de la calavera se destruyó contra unas
despiadadas rocas, iguales a las de un acantilado, y sus partículas cubrieron
el lago de los cisnes plateados entero. Helando a éstos hasta la hermosa
inmortalización de su muerte.
Ahora, es conocido como “El Lago de los cisnes Cristalinos”.
Conclusión: ni el tiempo perdona a la belleza, ni la belleza
al tiempo. El tiempo no la destruye pero, la transforma en otro tipo de belleza
incluso más hermosa que la anterior. A pesar de que, nunca podremos frenar sus
destructivas lágrimas.

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