Hacía tan solo unas semanas, unos vecinos nuevos se
instalaron en la calle de enfrente. Había dos ancianos que solían venir
muy de vez en cuando. Y cuando venían
era solamente para entregarle a una joven delgaducha una caja de zapatos rosa.
Este acontecimiento tenía lugar a la entrada de la casa de la joven. Los
ancianos se iban preocupados pero, la joven no podía evitar reprimir una
sonrisa.
Mi padre era un gran pintor. Recuerdo que hace unos años, le
pedí que me regalara un gato. Y a la mañana siguiente, lo vi al final del
pasillo. –“Un gatito, un gatito”- decía. Era un sueño. Fui corriendo y a
escasos centímetros de él, mi padre me apartó del gato. Bajamos al salón y me
contó que no era más que un espejismo. Era un cuadro, una de sus grandes obras,
sin no antes mencionar, una en la que está trabajando intensamente.
Al día siguiente, fui a saludar a la joven.- Buenos días,
¿es usted René?
-Si… ¿y tú eres la hija del artista, verdad?- dijo con
acento parisino.
Entablamos conversación y me invitó a su casa. Era una casa
vieja y nada alegre. Había hasta humedad en el ambiente y poquísimos muebles.
Sin embargo, para la joven René parecía un palacio.
René me siguió contando que fue primera bailarina, una de
las más perfectas de toda Europa. Sobre la repisa de la chimenea vi varios
trofeos de hace unos años. Y en el suelo estaban esparcidos pares y pares, de
zapatillas de ballet. Unas a medio usar, otras desgastadas, lazos arrancados,
suelas caídas… Supuse que practicaba bastante
a menudo.
-¿Por qué tiene tantas?- pregunté.
-Porque…-hizo una larga pausa-… dicen que ya no sirvo para
el ballet, llegó a ser mi vida.
En mi gran día, recuerdo haber cometido la insensatez de atarme los
lazos demasiado rápido y… tropecé, resbalé y caí por todo el escenario. Fue un
fracaso, una humillación que pagué con una torcedura de tobillos. Recuerdo más las risas de
público que, mi caída y los golpes que me dieron las escaleras del escenario.
Luego quemé esas zapatillas rojas tan bonitas.
- Debió de ser muy
doloroso…-dije en bajito.
Al cabo de dos semanas, mi padre, inspirado por el relato de
la bailarina dibujó las zapatillas de ballet más hermosas del mundo con unos
delicados y finos lazos. Era una obra preciosa, las zapatillas estaban
expuestas en el interior de una elegante caja, esperando a ser cogidas. Lo más
destacado era el realismo plasmado en el lienzo, la firmeza y el pulso del
pintor.
Como creí que a René le interesaría la invité a casa.
Desde que llegó, no pudo apartar la vista del cuadro. Lo
pusimos junto a un ventanal para que le diese toda la luz posible y se viese
mejor. Estaba como hipnotizada, parecía
querer arrancarlas del lienzo. Eran tan perfectas, si las hubiese llevado aquel
día no habría resbalado.
-¿Me lo enseñas?- pidió mientras se levantaba.
Yo asentí y nos acercamos más al cuadro. René estaba muy
extraña, ¿qué pensamiento la estaba evadiendo de la realidad?
Y, entonces unos rayos de sol entraron por el ventanal
cegando mi vista. Lo único que sé, es que en esos míseros segundos, vi a René
abalanzarse sobre el cuadro con tan mala suerte que, atravesaron ella y el
cuadro de las zapatillas el ventanal. Saltaron cristales por todas partes.
Solté un grito aterrador debido a la escena presenciada. Me
asomé por el hueco del ventanal y, vi a René con ambas manos alrededor de la
obra de las zapatillas… La sangre corría de su cabeza sin parar, nunca lo
olvidaré.
Cuando se llevaron el cuerpo sin vida de René, mi padre
recogió su obra y la guardó en el trastero durante muchos años, más tarde,
falleció.
Hasta que, un día pensé en lo mejor para todos: deshacerme
de ese cuadro. Abrí el trastero y una vez tuve el cuadro en mis manos, lo
limpié un poco y observé. Algo había cambiado, el color de las zapatillas era
increíble, un color nunca logrado por nadie hasta ahora…
A la semana siguiente, el cuadro fue expuesto en la
exposición de arte más importante del año. Iba a ser un gran día: Una vez hecha
la presentación del cuadro, se mostró al público. Todos quedaron muy
sorprendidos entre ellos había jóvenes pintores que no paraban de asombrarse
cuanto más lo observaban. Lo definieron como- ¡Magnífico!
En ese instante, un certero rayo de sol proyectó su luz a
las zapatillas que brillaron y relucieron en todo el recinto. El color rojo
sangre que tenían era algo impresionante. Aunque recordé en ese momento a mi
padre, no pude evitar pensar en cómo había sido obtenido tal color.

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