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1 de diciembre de 2014

El Ánima Que Acecha



Era medianoche. El reloj acababa de dar las campanadas y a mí, me había despertado de mi aletargado sueño. Había tenido un día de lo más estresante y, por lo visto no lograría mi propósito de descansar tan fácilmente. Lo único que recuerdo antes de que me durmiese, eran los avisos de peligro a tormentas eléctricas (de las que hasta ahora no se percibía nada).  Así que, cerré el libro que no tuve ni tiempo de empezar.  A continuación, me levanté de la butaca y me fui del estudio camino al salón, el cual estaba completamente a oscuras. Al abrir la puerta, inmediatamente un aire frío me cortó la respiración y, a una altura inferior a las rodillas, vi unos ojos de lo más aterradores… ¡centelleaban como los faros de un coche! Enseguida, encendí la luz más cercana, el resultado, el acechador resultó ser mi gato, Ébano. Quien se fue sigilosamente del salón sin quitarme la mirada de encima, acompañado de esos aires de grandeza que se daba al pasar, como diciéndome ‘no eres la única que no coge el sueño’. 
Libre de espanto, fui a mi cuarto. Abrí la ventana y a lo lejos, vi a varias personas rezagadas celebrando alegres el carnaval que se iban alejando con sus máscaras. Me encontraba aburrida y cansada. Miré al cielo, estaba tan oscuro como el fondo marino ¡parecía como si el mar se hubiera intercambiado por el cielo nocturno! Eso sí, en este mar comenzaban a aparecer los primeros y más terribles rayos y relámpagos, “será una noche larga”-me dije.
Pero claro, no tiene sentido perder el tiempo en tonterías como asustarse y quedarse encerrado en nuestra acogedora morada. –Bien, buenas noches- me dije. Pasados unos minutos, me sentía intranquila por unos extraños motivos que no sabría explicar. No había más remedio tranquilizarse y averiguar la causa. Bajé las escaleras con mucha decisión para ignorar el constante miedo que me acechaba por todos lados. Volví a subirlas muy satisfecha por no mostrar inseguridad alguna al miedo. El miedo no es más que nuestra imaginación, por lo que lo puedo controlar. La casa entera estaba a oscuras, no había nadie más que yo y, cómo no, Ébano. -¡Ébano! – grité. ¿Dónde se habría metido ése? Lo que estaba claro es que no había desaparecido, pues oía sus maullidos del sótano. -¡Ja, pues no pienso ir a buscarte!-. Misterio resuelto, voy a dormir.
Pasaron unos veinte minutos y a ratos se oían sus lastimeros maullidos y sus uñas arañando puertas. ‘Pobrecito, me siento mal y sola, iré a por él’- pensé. Me levanté lentamente, no me sostenía en pie, y Ébano no se callaba. Pero no bastó con bajar un piso, sino que el muy cansino se había ido al sótano, que estaba muy oscuro (porque allí nunca se pudieron instalar luces debido al grosor del techo) y además había tormenta de las que dan taquicardia a torrentes. Aún así, ¿cómo es que el sótano, estando tan abajo se oía esos arañazos tan… escalofriantes? ¿Eres tú, Ébano? Sonaban como las de un niño pequeño o un perro grande.
Tras una corta reflexión entre estar sola con miedo y pasar miedo para no estar sola, me decidí. ¡Ébano, voy a salvarte! Y en apenas dos segundos, bajé de un tirón las escaleras (casi de lado), corrí hacia una de las puertas, la abrí, y… ¡¡Ah!! ¡No había nadie!
Me fui corriendo a mi habitación, (olvidando a Ébano). Cerré la puerta, le di a la luz… ¡Oh no, la luz no funcionaba! Me senté o me caí (no lo recuerdo) al suelo, y me quedé así por lo menos media hora.
Por fin, abrí los ojos. La luz había vuelto, pero no duraría mucho. Hasta que, de repente, oí unos arañazos en la puerta. Por supuesto no pensaba abrir,  pero sonaban diferentes a los otros… Puede que el orgulloso de Ébano se hubiese dignado a salir de su escondite. Me levanté, y como una persona madura, abrí un poco la puerta ¡y lo que esperaba se había cumplido!
-¡Ébano, querido!- le dije. Lo cogí en brazos y cerré. Con una felina compañía, pude pensar más detenidamente como si nunca hubiese pasado nada. -Veamos, solo hay que ir al salón y coger las cerillas que hay sobre la mesa (no sé porqué están ahí, la verdad) y así no pasaremos miedo en caso de que la luz se vuelva a ir  – le dije. Ébano parecía mostrarse de acuerdo. Abrí la puerta y bajamos al salón, fue fácil. Corrí a la mesa, pero no estaban. ¡Ah, claro estarán en el estudio entonces! Salimos al pasillo.
 Estaba con bastante luz, comencé a dar los primeros pasos hasta que, no sé qué miedo le entró a Ébano, que casi se quedó blanco. Pero no, fue peor que eso, se quedó estático, en pausa, con el pelo erizado como cuando se asusta de un perro y se fue corriendo. ‘Será cobarde…’-pensé. Entonces, fue avanzar un paso, y se apagaron las luces en un suspiro, la luz se fue del pasillo, el calor de las luces y la poca alegría que conservaba se transformó en miedo. Nunca había pasado tanto miedo. A pesar de eso, no me detuve, mirada al frente y paso firme. Era como estar en el túnel de la Muerte, notaba la oscuridad, el aire era frío como el de una corriente. Los truenos resonaban fuertes y consistentes como si dictaran una pena. Yo avanzaba, veía la luz del estudio al final como si alguien me esperase. Llegué a oír susurros, pero no entendía lo que decían ni les escuchaba. Era como flotar al andar, descubrir un nuevo mundo. La composición de terror que había era muy extraña, veía las máscaras del carnaval pasar a mi lado igual que personas normales y corrientes. Ya había llegado al final, abrí la puerta despacio. Tenía tanto miedo que no controlaba ni mi mente. Y, como si me lo esperase, vi a un señor rechoncho y mayor sentado en el estudio fumando una pipa y en la mesa se encontraba la caja de cerillas abierta. Al instante, un perro enorme pasó a mi lado apenas rozándome, y se sentó cerca de su respectivo dueño. Me quedé con los ojos en blanco, no reaccionaba. Ambos me miraron, el señor dijo.- Perdone las molestias-. Posó su mano sobre la cabeza del perro y ambos desaparecieron lentamente hasta desvanecerse sin dejar vestigio alguno, igual que la tormenta se fue alejando y la luz volvió al pasillo y al resto de la casa.
Nadie supo jamás de esto. Ni se abrió una investigación puesto que no merecía la pena, no tenía explicación, o puede que sí, pero no la podemos decir porque nadie nos creería. Ya que, de lo asustada que me quedé parecía como si yo también me hubiera desvanecido con ellos.
Al cabo de unas semanas vendí la casa. Ébano y yo comenzaríamos una vida tranquila y alejada. 
 Un año más tarde me llamaron los nuevos dueños de mi antigua casa. Tiene gracia, me preguntaron sobre un perro que ladraba por las noches igual que si estuviese dentro de la casa y que sus paquetes de cerillas desaparecían constantemente, yo les dije.- ¡Aguanten las molestias !-.





29 de noviembre de 2014

El Bosque



                                                                                                               
La noche estaba cerca. A medida que se aproximaba iba cubriendo de oscuridad toda la llanura hasta llegar al valle norte. Todo parecía estar sumido en silencio, pero no se percibía una atmósfera tranquila. De repente, éste se vio roto por el ruido de  pasos. Eran los de una niña de unos diez años, que iba corriendo a la velocidad que le permitían sus piernas. Al final, éstas la traicionaron y se detuvo muerta de cansancio. Miró a su alrededor, estaba claro, se había perdido. Así que se sentó a esperar a que algún caminante la ayudase a salir. Se llamaba Grell.Sin embargo, como la ayuda no llegaba, se puso en marcha guiada por la dirección del viento y de las estrellas. De pronto, oyó voces, serían unas 2 personas, Grell aliviada fue corriendo siguiendo las voces que parecían alejarse más cuanto más próxima creía estar ella.
Cuando a poca distancia consiguió sentir más cerca las voces, instintivamente se escondió detrás de un árbol. Le entró un miedo inexplicablemente extraño, porque la luna se estaba escondiendo y no podía ver ni la silueta de aquellas personas. Por lo visto, éstas, también se habían parado a esperar a que volviese la luna ya que no se oían ni sus voces ni sus pasos. Unos minutos más tarde, la luna se dignó a salir de su escondite y, reflejó una cantidad de luz tan potente que hasta brilló y relució  sobre la superficie del lago llegando hasta el oscuro fondo de éste. Era una noche preciosa que merecía la pena contemplar, a pesar de que Grell pensase que era mejor pasarla con su familia dentro de una casa sintiéndose acompañada.
Tras la maravillosa contemplación, bajó a la realidad. Llena de valor salió decidida de su escondite al igual que hizo la luna. Pero cuál fue su sorpresa al ver que los caminantes nocturnos habían desaparecido misteriosamente. En respuesta, la valiente protagonista volvió a convertirse en la Grell insegura y asustada…
¿Qué hora sería? ¿Dónde estaba? ¿La encontrarán? Se iba haciendo estas preguntas mientras caminaba sin rumbo alguno. Solo avanzaba siguiendo las zonas en las que había claros de luz de luna y evitando las zonas oscuras (de preferencia.)
Sus zonas de claridad por lo visto eran muy escasas, por lo que con los ojos semi- cerrados tuvo que adentrarse en una zona enormemente oscura que resultó ser mucho más larga de lo que  esperaba. Era como un mal sueño, solo quería volver a casa, y, por lo visto iba a ser un propósito difícil de cumplir. Aceleró el paso, a continuación  salió a una zona muy iluminada y abierta que daba a más pasadizos de luz. En el centro de la zona, había además un pequeño estanque más desierto que un cementerio a la hora de las brujas. Por añadidura, tenía un puente de aspecto muy antiguo…  Al cruzarlo, los tablones crujían emitiendo ensordecedores chirridos. Se asomó, el agua a pesar de oscura era pulcra, mas al volver a salir la orgullosa luna, inundó de su cegadora luz todo el estanque de tal forma que ésta se veía reflejada a sí misma. Grell se quedó pensativa, miró al cielo estrellado y, de repente, pasó una estrella fugaz… Fue un simple destello en el cielo, aun así suficiente como para dejar un hermoso trazo de dorado polvo estelar. Ella pidió su deseo enseguida… “que alguien la guíe a encontrar su camino de vuelta…” Abrió los ojos, ¿se cumplió? ¿Ya está…? Instantáneamente, devolvió su vista al agua… ¡Un anciano estaba a su derecha!  A pesar del susto, a la pobre niña le dio tiempo de darse cuenta de lo familiar que le resultaba aquel rostro. Rebuscó entre sus recuerdos, pero se quedó igual que al principio.
- ¿Te has perdido pequeña?- le preguntó el anciano.
-Así es, señor. – contestó temblorosa. -¿Me podría indicar dónde está el camino de vuelta? –añadió enseguida.
- Perfectamente, sígueme – dijo con una tierna sonrisa. Cogió la fría mano de Grell y se alejaron en dirección a las zonas de luz.
Pero… ¿Cómo era posible que sin decirle ni su nombre ni dirección el anciano supiese hacia dónde ir? se preguntaba Grell. Sin embargo, sintió una gran confianza y fue dejando de temblar a lo largo del camino al igual que el frío se iba de sus manos.
Cuando empezó a ver los tejados de su casa, se soltó del anciano y fue corriendo como una loca. Ya no tenía miedo, estaba amaneciendo y comenzaba a haber luz por todas partes. Cuando por fin llega a su casa, sus padres corren a recibirla con los brazos abiertos y los ojos derramando cascadas de lágrimas. Todos ya estaban felices, la familia completa. Hasta que, en su mente se cruzó un pensamiento… y quien la había guiado… ¿dónde estaba? Enseguida preguntó a sus padres si habían visto a un anciano que la acompañaba.
-Lo siento, cielo. No vimos a nadie contigo… Ibas tú sola hacia casa.-le contaron. Los ojos de la pequeña se humedecieron ligeramente.
-Y hablando de ancianos…-continuó su padre.- ¿Recuerdas a tu abuelo, aquel que sólo pudiste ver de pequeña una vez y que estaba gravemente enfermo? Pues, falleció hace pocos días. Todos lo sentimos, por suerte no lo llegaste a conocer demasiado. ¿No estás triste?- preguntó su padre absolutamente desconcertado.
-Ya lo sabía,-dijo Grell- fue él quien me ayudó a salir de aquel infierno de bosque.-Y dirigió so mirada hacia al amanecer de un nuevo día.
Sus padres no lo entendían, nunca lo podrán llegar a entender…

¡ Se busca ayuda para un Pobre Escritor !

“¡Qué desesperación… no hay derecho! Que va a ser de mí, ahora que ya es demasiado tarde… ¡No puedo cambiar el principio de la historia y empezar de cero!” – gritaba Daniel para su interior.
Estaba: destrozado, acabado, hundido, deprimido, agotado, frustrado, agobiado, yo misma  me he quedado sin adjetivos… Su actual situación no tenía nombre. Es INDIGNANTE.
.- ¡SÍ LO ES, ES INDIGNANTE!- gritó el pobre pero, esta vez fue para el exterior su alarido… Todos sus colegas se habían quedado mudos. Se hizo un silencio pesado, todas las miradas de la empresa apuntaban a él. Al instante, apareció su superior acompañado de una secretaria, la cual llevaba una montaña de papeles en ambas manos.
.- ¡GREENMOR! ¡Pase a mi despacho ahora mismo! ¡Ya!-. Le gritó, mientras la montaña que cargaba la secretaría, salía volando por los aires como en una explosión.
Daniel bajó la cabeza y pasó al enorme despacho de su jefe. No le dio tiempo a decir nada, su jefe había tenido demasiada paciencia con él y sus extrañas quejas. Por lo tanto, fue condenado al despido.
Pasaron tres días, y Daniel no levantaba cabeza. Desde la ventana, todos los vecinos le veíamos pasar horas frente a un escritorio sobre el que había un bloc de hojas a estrenar y al lado un buen montón de papeles sobre los que había una carta que releía y releía todos los días nada más levantarse. Parecía preocupado cuando la leía, incluso aterrado.
Un día fui a visitarle, con la intención de ayudarle. Mientras yo caminaba, le vi salir de su portal.
.-Daniel espera, tengo que hablar contigo…-.le dije.
.-No me ocurre nada, María. Estoy perfectamente-. Y se dio la vuelta.
.-Los vecinos estamos muy preocupados… Si es por lo del despido no te preocupes. Te podemos ayudar-.dije con una gran sonrisa. Me daba mucha lástima verle tan deprimido.
.-Gracias… pero son problemas que solemos tener los escritores. Buenas tardes.- y se fue.
Conque un escritor… ¡bien callado se lo tenía!
Volviendo a Daniel, que seguía caminando sin rumbo alguno, llevaba la carta aún en la mano. Cuando volvió a casa, se sentó y la leyó, esta vez más pensativo. Nadie le creería como la enseñase…
La carta, era ni más ni menos que de uno de sus personajes de su incompleta novela: La Princesa Y su Tristeza.
Estaba escrita con tinta rosa sobre papel perfumado pero, las apariencias engañan…  Era una carta de amenaza. Decía así:
Querido autor,
Sé perfectamente lo que os proponéis hacer con mi historia: Poner el típico final de la “pobre princesa” que es rescatada  del dragón por un apuesto príncipe con quien se casa. Bien, pues no me apetece cumplir tal final. ¿Por qué no podéis ser vos quien me salve?
Decididlo lo antes posible o el dragón terminará por quemar mi torre ya que, de lo LENTORRO que sois escribiendo, el dragón se aburre bastante.
La princesa.
.- ¿Qué está pasando? Estoy loco…no puede ser.- Daniel se tiraba del pelo ¡Desde cuando un personaje le dice a su autor lo que tiene que hacer!
No hay más remedio Daniel. Es tu única salida.
Así que, Daniel cedió a los deseos de la egoísta princesa y, se puso a acabar lo que había empezado.
Una historia realmente rara...“el autor es quien rescata a la princesa”. Tras mucho pensar, Daniel se las apañó para incorporarse repentinamente a la historia y salvar a la princesa.
.- ¡Fin!-. Dijo muy satisfecho. Se sentía libre, el libro no sería un éxito pero, lo que importa es que dejará de recibir amenazas en cartas selladas con un lacito rosa y cursi.
                   *           *           *
A la mañana siguiente llegó el correo. Era una mañana tranquila. Una mañana  normal y corriente… Una mañana para-     ¡¡¡¡Nooooo!!!!
Una carta de nuestra querida princesa había aparecido bajo la almohada de Daniel….
La abrió para leerla: y se cayó redondo al suelo.
Cuando despertó, vio que no estaba solo. Una fragancia de rosas inundaba el aire. Daniel pensó por un momento que el oxígeno en la tierra se acabaría con tan asfixiante perfume. Se levantó del suelo y vio a… la princesa.
 Cuando Daniel la miró, vio que la princesa corría hacia él a toda prisa desde el balcón de su habitación. Antes de que éste pudiera esconderse, la princesa ya le había cogido la mano. Daniel estaba atónito, pensó que lo iba a matar pero, la princesa le sonrió mostrando una perlada sonrisa. Su mano parecía de porcelana y al momento le devolvió la carta que lo había sobresaltado tanto… Y el motivo era que la princesita caprichosa pensaba casarse con él, al fin y al cabo, la había salvado.
.-Em… ya, claro.- dijo Daniel. ¿Qué se habría creído esta señorita?- Mira, oye… yo no puedo casarme contigo ¡No eres más que un personaje de mi imaginación!- le espetó.
La princesa enseguida rompió a llorar… pensaba que Daniel no era para nada un cortés caballero, sino un canalla miserable.
El joven trató de hacerla entrar en razón, además debía de regresar a su historia. Aun así, era demasiado tarde y la princesa lloraba completamente desconsolada.
.-Ya que soy una ilusión. No importará que haga esto… - dijo a Daniel. Y se asomó al balcón con la intención de dejarse caer al vacío.
¡Daniel, sea una ilusión o no, debes salvarla ya que no podrías vivir (no solo por el hecho de no salvarla sino por el hecho de morir asfixiado por el insoportable perfume que parecía contener mil kilómetros de la plantación de rosales más grande del mundo)!
La princesa ha ganado este capítulo.
Y cuando Daniel fue a salvar por segunda vez a la princesa, ésta ya se había soltado y el desdichado joven fue tras su personaje…
 Los vecinos y yo,  presenciamos lo que parecía un suicidio inesperado. Pobre Daniel, enloqueció.
Pasado un tiempo, su libro salió a la venta. Me apresuré a comprarlo por si tenía algo que ver con la reciente tragedia. Pero no resultó ser así en apariencia. Eso sí, fue la historia más extraña que jamás había leído: “el autor es el salvador de una caprichosa princesa”.
Recuerdo que lo que más me asombró, fue el final. Por lo visto Daniel se casaba con la princesa… y digo Daniel, porque el personaje ilustrado era su viva imagen.
Echo de menos a Daniel sin embargo, me consta que en vez de caer al vacío, cayó en su propia novela. La cual, tuvo un éxito mundial. ¡Enhorabuena Daniel!