La Deuda
En una pequeña ciudad portuaria, se sitúa esta historia. Era una ciudad
muy particular debido a la estrechez de las calles y la monumentalidad de su
Iglesia. Las casas también, no es que fuesen demasiado alegres. Los días
amanecían generalmente nublados, todo se rodeaba de una atmósfera tan gris que
conseguía deprimir a la gente desde los primeros kilómetros de distancia.
Cuando salía a la calle, estaba sumida en un silencio perpetuo, casi parecía de
incomodidad. La niebla se pegaba al cuerpo y no dejaba respirar, se podría
decir que la sensación era la de unos puños golpeando de manera incesante los
pulmones. El agobio y la asfixia eran tales que mis paseos no duraban más de
diez minutos.
Yo vivía con una señora muy mayor (que de vez en cuando tenía
convulsiones o parálisis respiratoria) en una casa que ella había heredado
junto con una cuantiosa fortuna. Ella siempre me miraba con cara de estar
horriblemente enfadada conmigo, como si hace mucho tiempo yo le hubiese hecho
algo imperdonable. Le llevaba sirviendo desde la muerte de mi padre, antiguo
mayordomo, que pasó su vida sin pena ni gloria. Ahora tengo doce años y trabajo
bastante mejor que cuando tenía seis. Pasaban los días y yo inconscientemente
llegaba a desear en ocasiones su muerte para que sus ojos diabólicos cesasen de
una vez de mirarme con semejante acecho o incluso espanto.
Al cabo de siete semanas el médico le anunció que tenía ya las garras de
la muerte cerquísima dispuestas a cogerla de la mano y llevársela. Yo escuché
toda su conversación tras la puerta del dormitorio y, al parecer, ella no tenía
la más mínima intención de irse, es más, ella pensaba prolongar su tiempo por, ni
más ni menos, que diez años.
-Eso es imposible, señora.- le dijo el médico.- Y usted tiene suerte de
haber vivido la friolera de años que ya ha vivido... tendrá ya su testamento hecho, ¿verdad?
porque sino...
-Ya decidiré yo personalmente lo que se deba hacer, doctor. -dijo ella
insatisfecha con el que sería su último diagnóstico. -Gracias... por su ayuda.
-Lo lamento señora...Son cosas que se tienen que aceptar.-dijo él- . Por
cierto, es mi deber el volver a recordarle que no sería mala idea el hacer un
testamento señora, no vaya a ser que...
-Así que según usted.-le interrumpió ella-. Yo debo quedarme aquí
sentada esperando a mi final...Llorando y gritando entre terribles dolores…
¿Pues, sabe? No voy a dejar testamento.- Y subiendo mucho el tono de voz,
dijo-. Porque pienso gastarme toda mi fortuna como sea, ya que no tengo hijos
ni parientes vivos... ni siquiera gente de fiar...- miró repentinamente a la
puerta, ¡me vio!
Salí corriendo y no volví a la casa hasta por lo menos el anochecer, del
miedo que me dio su fría mirada." ¿A qué vino eso?- pensé-. No me merezco
esto después de tanto tiempo a su servicio...
Supongo que nunca podrá perdonarme cuando le robé aquellas joyas. No confía
en mí ni yo en ella, ya veremos cómo acaban las cosas."
“Al atardecer tuve un mal presagio; las aguas del puerto de volvieron
turbias. Y entre la espesura de la niebla, apenas se distinguía la torre de la
lejana Iglesia. Caminando por el puerto, me dirigí a un viejo pozo cercano a la
casa en la que servía. Con los ojos cerrados eché una moneda y pedí un deseo.
En ese momento oí que la moneda no había caído…me asomé al pozo. Y allí estaba
lo que parecía ser mi señora, hundida en el fondo y escupiendo sangre. Empecé a
gritar de terror pero, la anciana me miró… en ese momento empezó a rasgar las
paredes del pozo hasta quedarse sin uñas. Salí corriendo muerta de miedo. No
quería saber nada de nadie. Hoy mismo dimitiría de mi trabajo.”
Cuando regresé, vi al doctor cerrando las puertas parecía tener prisa. Se
percibía un hedor de muerte y un doblar de campanas de la lejana Iglesia. Abrí
las enormes puertas de la casa y cuál fue mi sorpresa que la encontré en el
comienzo de las escaleras, de pié. Había derribado ella sola la silla de
ruedas. Estaba temblorosa, pálida, sus venas a punto de estallar... era una moribunda.
-¡¡¡Ven aquí maldita sanguijuela!!!- gritó. Acto seguido,
irremediablemente cayó rodando por las escaleras pero, al intentar agarrarse a
la barandilla las uñas de su mano estallaron y cayeron al suelo como dagas. Fue
rodando y se estampó contra el duro suelo y empezó a sangrar en abundancia su
cráneo. Y yo, como siempre no sabía qué hacer, tenía miedo, además yo también
temblaba como si me hubiesen dado una descarga eléctrica al recordar el
presagio. La anciana apenas se movía, solo pudo levantar su brazo y señalar
hacia el coche del doctor que acababa de arrancar. ¿Qué quería decir?
-¡Señora el doct-
-¡Déjate de estupideces...! ¡Sé que él me ha envenenado para quedarse
con mi fortuna! Nunca la tendrá...-se le iba apagando la voz, su vista se
nublaba y vomitaba sangre-.
Corrí a su lado, me arrodillé y al verla sabía que no podría hacer nada.
-¡Lo siento...de verdad señora, no se vaya perdóneme! ¡Por favor!- le
supliqué.
-¡Eso ya te lo perdoné hace mucho, boba!... Sino no te habría dejado mi
fortuna.-dijo ella en un tono ligeramente cariñoso que nunca antes le había
oído. Era increíble, me odiaba hace unas horas y ahora me hace su heredera. Le
sostuve la cabeza con cuidado, apenas tenía voz.
- Escúchame atentamente, el que yo no haya dicho nada de las joyas que
robaste, no significa que no tengas una deuda conmigo... yo ya sabía que esto
pasaría. Mira, ése cobarde me ha hecho esto, sin embargo, logré ver el frasco
de la medicina que me daba para que pudiese dormir. Me la administró seis o
siete semanas... Esa clase de medicina solo se la dan a los médicos y... ¡Ahhh!
- la pobre anciana se retorcía del dolor del veneno y las heridas. Se moría por
dentro y se deshacía por fuera.- Tú so- ...t...ú sólo puedes hacer una co-cosa...
y ya sabes cual es...pro-probar qu…e me han envenenado... –.ésas fueron sus
últimas palabras antes de expirar, ella se alejaba en alma, pero yo me quedaba
en cuerpo, seguía sujetándole la cabeza arrodillada junto a lo que ahora era la
prueba de su muerte, el cuerpo.
Este pueblo portuario estaba alejado de la mano de Dios. Así que
pregunté a la policía sobre como llegar a los mejores centros médicos. Ellos me
aconsejaron que llevase el cuerpo al mejor forense del estado, un tal Dc
GraveGuard.
Una vez la pusieron en el ataúd, los candados de éste resonaron como
unas palabras, como la voz de la anciana que esperó de mí que hiciera lo
correcto. Al ponerla en el coche comenzó nuestro viaje hacia un experto Dc
GraveGuard de considerable fama por lo visto.
Los infortunios no tardaron en empezar, ya que a mitad de camino el
motor reventó inesperadamente. No había más remedio que cargar a rastras con mi
deuda, con la prueba, con mi señora. Cuanto más cansancio tenía, más fuerza me
daba. El féretro pesaba una tonelada, ya no importaba nada, más que llegar al
final. Sentía que lo hacía por algo necesario, por justicia.
Recuerdo momentos en los que estuvo a punto de abrirse. Fueron tres días
llevando a la difunta anciana. Tres días, en los que tuve extraños y
aterradores sueños… “en la noche, se proyectaba en forma de un amenazante espectro
que silbaba mi nombre desde la oscuridad de su ataúd. Incluso en ocasiones,
dejaba caer su mano vacía de uñas y reía…”
Al llegar a nuestro destino,
estaba reventada. Me apresuré a buscar a mi experto… La sala mortuoria estaba repleta. No dudé en
interrumpirle en mitad de una autopsia, pero al nombrar el nombre de la
fallecida se puso manos a la obra. Cuando acabó, el Dc GraveGuard dijo:
- En efecto, estaba en lo cierto: su señora fue cruelmente envenenada
por ese desalmado-.
-Le agradezco enormemente su trabajo doctor. Gracias a usted, mi señora
descansará…Por cierto, ¿acaso la conocía de antes?
- Ciertamente. Le debía un gran favor- y bajando la voz añadió- fue ella
quien me pagó los estudios de medicina-. El forense sonrió, y se marchó.
* * *
Al cabo de unos días…
No hubo juicio. No por carencia de motivos, sino porque ese malnacido se
había suicidado prendiendo fuego a lo que yo habría heredado de mi difunta
señora, toda la casa en llamas… Mi señora le ha vencido. Por suerte el muerto
ahora es usted. Fin del juego.

No hay comentarios:
Publicar un comentario