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29 de diciembre de 2014

La Deuda




La Deuda
En una pequeña ciudad portuaria, se sitúa esta historia. Era una ciudad muy particular debido a la estrechez de las calles y la monumentalidad de su Iglesia. Las casas también, no es que fuesen demasiado alegres. Los días amanecían generalmente nublados, todo se rodeaba de una atmósfera tan gris que conseguía deprimir a la gente desde los primeros kilómetros de distancia. Cuando salía a la calle, estaba sumida en un silencio perpetuo, casi parecía de incomodidad. La niebla se pegaba al cuerpo y no dejaba respirar, se podría decir que la sensación era la de unos puños golpeando de manera incesante los pulmones. El agobio y la asfixia eran tales que mis paseos no duraban más de diez minutos.
Yo vivía con una señora muy mayor (que de vez en cuando tenía convulsiones o parálisis respiratoria) en una casa que ella había heredado junto con una cuantiosa fortuna. Ella siempre me miraba con cara de estar horriblemente enfadada conmigo, como si hace mucho tiempo yo le hubiese hecho algo imperdonable. Le llevaba sirviendo desde la muerte de mi padre, antiguo mayordomo, que pasó su vida sin pena ni gloria. Ahora tengo doce años y trabajo bastante mejor que cuando tenía seis. Pasaban los días y yo inconscientemente llegaba a desear en ocasiones su muerte para que sus ojos diabólicos cesasen de una vez de mirarme con semejante acecho o incluso espanto.
Al cabo de siete semanas el médico le anunció que tenía ya las garras de la muerte cerquísima dispuestas a cogerla de la mano y llevársela. Yo escuché toda su conversación tras la puerta del dormitorio y, al parecer, ella no tenía la más mínima intención de irse, es más, ella pensaba prolongar su tiempo por, ni más ni menos, que diez años.
-Eso es imposible, señora.- le dijo el médico.- Y usted tiene suerte de haber vivido la friolera de años que ya ha vivido...  tendrá ya su testamento hecho, ¿verdad? porque sino...
-Ya decidiré yo personalmente lo que se deba hacer, doctor. -dijo ella insatisfecha con el que sería su último diagnóstico. -Gracias... por su ayuda.
-Lo lamento señora...Son cosas que se tienen que aceptar.-dijo él- . Por cierto, es mi deber el volver a recordarle que no sería mala idea el hacer un testamento señora, no vaya a ser que...
-Así que según usted.-le interrumpió ella-. Yo debo quedarme aquí sentada esperando a mi final...Llorando y gritando entre terribles dolores… ¿Pues, sabe? No voy a dejar testamento.- Y subiendo mucho el tono de voz, dijo-. Porque pienso gastarme toda mi fortuna como sea, ya que no tengo hijos ni parientes vivos... ni siquiera gente de fiar...- miró repentinamente a la puerta, ¡me vio!
Salí corriendo y no volví a la casa hasta por lo menos el anochecer, del miedo que me dio su fría mirada." ¿A qué vino eso?- pensé-. No me merezco esto después de tanto tiempo a su servicio...  Supongo que nunca podrá perdonarme cuando le robé aquellas joyas. No confía en mí ni yo en ella, ya veremos cómo acaban las cosas."
“Al atardecer tuve un mal presagio; las aguas del puerto de volvieron turbias. Y entre la espesura de la niebla, apenas se distinguía la torre de la lejana Iglesia. Caminando por el puerto, me dirigí a un viejo pozo cercano a la casa en la que servía. Con los ojos cerrados eché una moneda y pedí un deseo. En ese momento oí que la moneda no había caído…me asomé al pozo. Y allí estaba lo que parecía ser mi señora, hundida en el fondo y escupiendo sangre. Empecé a gritar de terror pero, la anciana me miró… en ese momento empezó a rasgar las paredes del pozo hasta quedarse sin uñas. Salí corriendo muerta de miedo. No quería saber nada de nadie. Hoy mismo dimitiría de mi trabajo.”
Cuando regresé, vi al doctor cerrando las puertas parecía tener prisa. Se percibía un hedor de muerte y un doblar de campanas de la lejana Iglesia. Abrí las enormes puertas de la casa y cuál fue mi sorpresa que la encontré en el comienzo de las escaleras, de pié. Había derribado ella sola la silla de ruedas. Estaba temblorosa, pálida, sus venas a punto de estallar... era una moribunda.
-¡¡¡Ven aquí maldita sanguijuela!!!- gritó. Acto seguido, irremediablemente cayó rodando por las escaleras pero, al intentar agarrarse a la barandilla las uñas de su mano estallaron y cayeron al suelo como dagas. Fue rodando y se estampó contra el duro suelo y empezó a sangrar en abundancia su cráneo. Y yo, como siempre no sabía qué hacer, tenía miedo, además yo también temblaba como si me hubiesen dado una descarga eléctrica al recordar el presagio. La anciana apenas se movía, solo pudo levantar su brazo y señalar hacia el coche del doctor que acababa de arrancar. ¿Qué quería decir?
-¡Señora el doct-
-¡Déjate de estupideces...! ¡Sé que él me ha envenenado para quedarse con mi fortuna! Nunca la tendrá...-se le iba apagando la voz, su vista se nublaba y vomitaba sangre-.
Corrí a su lado, me arrodillé y al verla sabía que no podría hacer nada.
-¡Lo siento...de verdad señora, no se vaya perdóneme! ¡Por favor!- le supliqué.
-¡Eso ya te lo perdoné hace mucho, boba!... Sino no te habría dejado mi fortuna.-dijo ella en un tono ligeramente cariñoso que nunca antes le había oído. Era increíble, me odiaba hace unas horas y ahora me hace su heredera. Le sostuve la cabeza con cuidado, apenas tenía voz.
- Escúchame atentamente, el que yo no haya dicho nada de las joyas que robaste, no significa que no tengas una deuda conmigo... yo ya sabía que esto pasaría. Mira, ése cobarde me ha hecho esto, sin embargo, logré ver el frasco de la medicina que me daba para que pudiese dormir. Me la administró seis o siete semanas... Esa clase de medicina solo se la dan a los médicos y... ¡Ahhh! - la pobre anciana se retorcía del dolor del veneno y las heridas. Se moría por dentro y se deshacía por fuera.- Tú so- ...t...ú sólo puedes hacer una co-cosa... y ya sabes cual es...pro-probar qu…e me han envenenado... –.ésas fueron sus últimas palabras antes de expirar, ella se alejaba en alma, pero yo me quedaba en cuerpo, seguía sujetándole la cabeza arrodillada junto a lo que ahora era la prueba de su muerte, el cuerpo.
Este pueblo portuario estaba alejado de la mano de Dios. Así que pregunté a la policía sobre como llegar a los mejores centros médicos. Ellos me aconsejaron que llevase el cuerpo al mejor forense del estado, un tal Dc GraveGuard.
Una vez la pusieron en el ataúd, los candados de éste resonaron como unas palabras, como la voz de la anciana que esperó de mí que hiciera lo correcto. Al ponerla en el coche comenzó nuestro viaje hacia un experto Dc GraveGuard de considerable fama por lo visto.
Los infortunios no tardaron en empezar, ya que a mitad de camino el motor reventó inesperadamente. No había más remedio que cargar a rastras con mi deuda, con la prueba, con mi señora. Cuanto más cansancio tenía, más fuerza me daba. El féretro pesaba una tonelada, ya no importaba nada, más que llegar al final. Sentía que lo hacía por algo necesario, por justicia.
Recuerdo momentos en los que estuvo a punto de abrirse. Fueron tres días llevando a la difunta anciana. Tres días, en los que tuve extraños y aterradores sueños… “en la noche, se proyectaba en forma de un amenazante espectro que silbaba mi nombre desde la oscuridad de su ataúd. Incluso en ocasiones, dejaba caer su mano vacía de uñas y reía…”
 Al llegar a nuestro destino, estaba reventada. Me apresuré a buscar a mi experto…  La sala mortuoria estaba repleta. No dudé en interrumpirle en mitad de una autopsia, pero al nombrar el nombre de la fallecida se puso manos a la obra. Cuando acabó, el Dc GraveGuard dijo:
- En efecto, estaba en lo cierto: su señora fue cruelmente envenenada por ese desalmado-.
-Le agradezco enormemente su trabajo doctor. Gracias a usted, mi señora descansará…Por cierto, ¿acaso la conocía de antes?
- Ciertamente. Le debía un gran favor- y bajando la voz añadió- fue ella quien me pagó los estudios de medicina-. El forense sonrió, y se marchó.

                               *    *    *

Al cabo de unos días…
No hubo juicio. No por carencia de motivos, sino porque ese malnacido se había suicidado prendiendo fuego a lo que yo habría heredado de mi difunta señora, toda la casa en llamas… Mi señora le ha vencido. Por suerte el muerto ahora es usted. Fin del juego.

 

1 de diciembre de 2014

El Ánima Que Acecha



Era medianoche. El reloj acababa de dar las campanadas y a mí, me había despertado de mi aletargado sueño. Había tenido un día de lo más estresante y, por lo visto no lograría mi propósito de descansar tan fácilmente. Lo único que recuerdo antes de que me durmiese, eran los avisos de peligro a tormentas eléctricas (de las que hasta ahora no se percibía nada).  Así que, cerré el libro que no tuve ni tiempo de empezar.  A continuación, me levanté de la butaca y me fui del estudio camino al salón, el cual estaba completamente a oscuras. Al abrir la puerta, inmediatamente un aire frío me cortó la respiración y, a una altura inferior a las rodillas, vi unos ojos de lo más aterradores… ¡centelleaban como los faros de un coche! Enseguida, encendí la luz más cercana, el resultado, el acechador resultó ser mi gato, Ébano. Quien se fue sigilosamente del salón sin quitarme la mirada de encima, acompañado de esos aires de grandeza que se daba al pasar, como diciéndome ‘no eres la única que no coge el sueño’. 
Libre de espanto, fui a mi cuarto. Abrí la ventana y a lo lejos, vi a varias personas rezagadas celebrando alegres el carnaval que se iban alejando con sus máscaras. Me encontraba aburrida y cansada. Miré al cielo, estaba tan oscuro como el fondo marino ¡parecía como si el mar se hubiera intercambiado por el cielo nocturno! Eso sí, en este mar comenzaban a aparecer los primeros y más terribles rayos y relámpagos, “será una noche larga”-me dije.
Pero claro, no tiene sentido perder el tiempo en tonterías como asustarse y quedarse encerrado en nuestra acogedora morada. –Bien, buenas noches- me dije. Pasados unos minutos, me sentía intranquila por unos extraños motivos que no sabría explicar. No había más remedio tranquilizarse y averiguar la causa. Bajé las escaleras con mucha decisión para ignorar el constante miedo que me acechaba por todos lados. Volví a subirlas muy satisfecha por no mostrar inseguridad alguna al miedo. El miedo no es más que nuestra imaginación, por lo que lo puedo controlar. La casa entera estaba a oscuras, no había nadie más que yo y, cómo no, Ébano. -¡Ébano! – grité. ¿Dónde se habría metido ése? Lo que estaba claro es que no había desaparecido, pues oía sus maullidos del sótano. -¡Ja, pues no pienso ir a buscarte!-. Misterio resuelto, voy a dormir.
Pasaron unos veinte minutos y a ratos se oían sus lastimeros maullidos y sus uñas arañando puertas. ‘Pobrecito, me siento mal y sola, iré a por él’- pensé. Me levanté lentamente, no me sostenía en pie, y Ébano no se callaba. Pero no bastó con bajar un piso, sino que el muy cansino se había ido al sótano, que estaba muy oscuro (porque allí nunca se pudieron instalar luces debido al grosor del techo) y además había tormenta de las que dan taquicardia a torrentes. Aún así, ¿cómo es que el sótano, estando tan abajo se oía esos arañazos tan… escalofriantes? ¿Eres tú, Ébano? Sonaban como las de un niño pequeño o un perro grande.
Tras una corta reflexión entre estar sola con miedo y pasar miedo para no estar sola, me decidí. ¡Ébano, voy a salvarte! Y en apenas dos segundos, bajé de un tirón las escaleras (casi de lado), corrí hacia una de las puertas, la abrí, y… ¡¡Ah!! ¡No había nadie!
Me fui corriendo a mi habitación, (olvidando a Ébano). Cerré la puerta, le di a la luz… ¡Oh no, la luz no funcionaba! Me senté o me caí (no lo recuerdo) al suelo, y me quedé así por lo menos media hora.
Por fin, abrí los ojos. La luz había vuelto, pero no duraría mucho. Hasta que, de repente, oí unos arañazos en la puerta. Por supuesto no pensaba abrir,  pero sonaban diferentes a los otros… Puede que el orgulloso de Ébano se hubiese dignado a salir de su escondite. Me levanté, y como una persona madura, abrí un poco la puerta ¡y lo que esperaba se había cumplido!
-¡Ébano, querido!- le dije. Lo cogí en brazos y cerré. Con una felina compañía, pude pensar más detenidamente como si nunca hubiese pasado nada. -Veamos, solo hay que ir al salón y coger las cerillas que hay sobre la mesa (no sé porqué están ahí, la verdad) y así no pasaremos miedo en caso de que la luz se vuelva a ir  – le dije. Ébano parecía mostrarse de acuerdo. Abrí la puerta y bajamos al salón, fue fácil. Corrí a la mesa, pero no estaban. ¡Ah, claro estarán en el estudio entonces! Salimos al pasillo.
 Estaba con bastante luz, comencé a dar los primeros pasos hasta que, no sé qué miedo le entró a Ébano, que casi se quedó blanco. Pero no, fue peor que eso, se quedó estático, en pausa, con el pelo erizado como cuando se asusta de un perro y se fue corriendo. ‘Será cobarde…’-pensé. Entonces, fue avanzar un paso, y se apagaron las luces en un suspiro, la luz se fue del pasillo, el calor de las luces y la poca alegría que conservaba se transformó en miedo. Nunca había pasado tanto miedo. A pesar de eso, no me detuve, mirada al frente y paso firme. Era como estar en el túnel de la Muerte, notaba la oscuridad, el aire era frío como el de una corriente. Los truenos resonaban fuertes y consistentes como si dictaran una pena. Yo avanzaba, veía la luz del estudio al final como si alguien me esperase. Llegué a oír susurros, pero no entendía lo que decían ni les escuchaba. Era como flotar al andar, descubrir un nuevo mundo. La composición de terror que había era muy extraña, veía las máscaras del carnaval pasar a mi lado igual que personas normales y corrientes. Ya había llegado al final, abrí la puerta despacio. Tenía tanto miedo que no controlaba ni mi mente. Y, como si me lo esperase, vi a un señor rechoncho y mayor sentado en el estudio fumando una pipa y en la mesa se encontraba la caja de cerillas abierta. Al instante, un perro enorme pasó a mi lado apenas rozándome, y se sentó cerca de su respectivo dueño. Me quedé con los ojos en blanco, no reaccionaba. Ambos me miraron, el señor dijo.- Perdone las molestias-. Posó su mano sobre la cabeza del perro y ambos desaparecieron lentamente hasta desvanecerse sin dejar vestigio alguno, igual que la tormenta se fue alejando y la luz volvió al pasillo y al resto de la casa.
Nadie supo jamás de esto. Ni se abrió una investigación puesto que no merecía la pena, no tenía explicación, o puede que sí, pero no la podemos decir porque nadie nos creería. Ya que, de lo asustada que me quedé parecía como si yo también me hubiera desvanecido con ellos.
Al cabo de unas semanas vendí la casa. Ébano y yo comenzaríamos una vida tranquila y alejada. 
 Un año más tarde me llamaron los nuevos dueños de mi antigua casa. Tiene gracia, me preguntaron sobre un perro que ladraba por las noches igual que si estuviese dentro de la casa y que sus paquetes de cerillas desaparecían constantemente, yo les dije.- ¡Aguanten las molestias !-.